
Cuando recién anuncié a mis amigos, colegas y familia que iba a viajar al otro lado del mundo para continuar mi práctica teatral comunitaria, especialmente en cárceles, a continuación hubo un diluvio de comentarios que contenían la palabra “valiente”: “Admiro tu valentía”, “Oh, eres tan valiente”.
Me costó entender esta reacción puesto que comprendí mi viaje como una extensión de mi compromiso a la práctica teatral comunitaria. En el compromiso, no hay valentía. Yo estuve fascinado de compartir mi entusiasmo con aquellos (Teatro Pasmi) que sólo había conocido brevemente en una conferencia el año anterior.
Al llegar a Santiago, la introducción no fue paulatina. El trabajo de Jean-Marc Munaretti se estaba terminando, así que dentro de la primera semana hicimos varias visitas a la cárcel de Colina 1. Fue mi primer encuentro con esta cárcel, también con “Fénix”; desde los primeros momentos sentí el más alto nivel de respeto, a pesar de la barrera lingüística. Debí reírme de la percepción ignorante que sofoca a las instituciones como Colina 1; se podría llevar el grupo al medio libre y ponerlos en cualquier entorno, no se notaría ninguna diferencia con otros. La causa de su sentencia es irrelevante, lo que es relevante es la privación de libertad. Un ser humano puede ser juzgado tantas veces, ¿por qué juzgarlo más?
“¿Cuánta preparación es buena preparación?” En mi práctica como tallerista, había caído en el hoyo de seguir una estructura apretada y rígida reproducción mecánica de ejercicios. Por medio de debates con Pasmi, aparecieron dos conceptos:- 1. La disposición a la apertura y 2. El paradigma; estos conceptos fueron opuestos a mi enfoque. Pero estuve dispuesto a sentir el miedo de aventurarme fuera de lo conocido. En mi primera reunión con “Ilusiones”, no fui con un plan de taller en mano, sino con un enfoque mental en lo que se quisiera lograr. Fue un momento cumbre de mi viaje; la reproducción mecánica fue una barrera a mi apertura, y al quitarla mi práctica mejoró. El tiempo de preparación ahora era irrelevante y en la práctica de Pasmi se convirtiera en tiempo de evaluación.
¿Por qué? Es una pregunta a la cual siempre pensé tener la respuesta, cuando me preguntaban por qué trabajaba con comunidades marginadas, pero esa certidumbre fue destrozada cuando me pidieron explicar. Durante mi estadía en Chile, comencé a cuestionar “¿por qué?” con respecto al objetivo de cada ejercicio, y al rol del facilitador. Por medio de la reflexión y una gama de sesiones teóricas, comienza a formularse una respuesta nueva y motivada, la cual no quiero que deje de crecer.
Con el paso de las semanas, mi relación con la cárcel, el Hospital de Día para Adolescentes “Perspectiva Joven” de Pudahuel y Teatro Pasmi ha crecido continuamente; las relaciones parecen ser de cuatro años y no de cuatro semanas. No se distingue entre el grupo y yo, sea en la cárcel de Colina 1 o sea en el hospital de Pudahuel, todos somos iguales. La horizontalidad abre la posibilidad de relacionarse, y de hecho crea un trabajo que no es “mi trabajo” ni “su trabajo”, sino “nuestro trabajo”.
Este informe breve es sólo el comienzo de mi experiencia con Teatro Pasmi, cuatro semanas de trabajo han cambiado la visión de mi práctica. El poder y la habilidad que tiene el teatro comunitario son enormemente subestimados en Chile. Los ojos están cerrados al reconocimiento que merece Teatro Pasmi por su compromiso y motivación. Todos los del Hospital de Pudahuel, “Fénix” e “Ilusiones” vuelven conmigo a Inglaterra en mi corazón y en mi mente. Ojala nuestros caminos cruzarán de nuevo algún día; dentro de las cuatro paredes de una institución tenemos nuestra propia libertad.